miércoles, 14 de noviembre de 2007

Sostiene el profesor Blecua

que la lengua no es sexista. Se lo oigo decir en una emisora de radio. Él sabe bien de lo que habla así que nada que objetar. Pero sí añadir: puede que el sonido en sí no determine el significado; puede que las palabras, desnudas, no sean sexistas, pero sí el uso y las intenciones con que se pronuncian, se nombran y se escriben. Una intención ideológica que en muchos casos evoluciona con el tiempo. Por ejemplo: mujer pública significaba hasta el siglo pasado prostituta (mientras que hombre público se aplicaba a políticos y tribunos). Las demás eran mujeres privadas (es decir, propiedad privada de padres, maridos y hermanos con frecuencia). Hoy la carga peyorativa se ha diluido y mujer pública empieza a utilizarse como sinónimo de figura pública, política o celebridad del sexo femenino.
Algunas barreras caen, y otras deben caer. Apuesto por un feminismo plural (a condición de que sea de verdad feminismo), pero no entiendo que haya mujeres que después de llegar por méritos propios (y por la equiparación legal) a la cima de su profesión, digan esto: Yo he superado todos los obstáculos para llegar adonde estoy, pero que conste que no soy ingeniera, sino ingeniero. ¿Por qué esa matización? Tal vez tengan que superar aún algunas barreras mentales quienes defienden la tradición (en las palabras) antes que su esencia. Dejemos a los filólogos que clarifiquen los términos y no seamos tan agradecidas al sistema dominante.

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