jueves, 15 de mayo de 2008

Constancia de la Mora /La roja de La roja y la falangista


Supe por primera vez de la existencia de Constancia de la Mora (1906-1950), hija de la alta burguesía, nieta de Antonio Maura y republicana leal hasta el exilio, al preparar mi primer ensayo, Mujeres de la posguerra (Planeta, 2002). Entre la bibliografía que manejé me tropecé con esta figura escamoteada durante el franquismo. Todas las citas remitían a Doble esplendor (In place of Splendor), el alegato entre biográfico y memorialista que se publicó con su nombre en 1939 en Nueva York. Escritas en primera persona, estas memorias recorrían la juventud de Constancia de la Mora, a quien llamaron Connie desde la época que estudió en Cambridge, y narraban su primer fracaso matrimonial y su acercamiento a la España que se disponía a cambiar en 1931, la España que despertaba, como ella, de la ignorancia y la hipocresía. Esa necesidad de cambio y las libertades que traía la República para hombres y mujeres le hicieron abrazar su causa. Se divorció y se casó de nuevo con Ignacio Hidalgo de Cisneros, que con el tiempo sería jefe de aviación de la República. El golpe militar de 1936 que generó la Guerra Civil, la llevó a radicalizarse y a ingresar en el Partido Comunista, el más organizado, pensaba (al igual que su marido), y por tanto el más eficaz para oponerse los sublevados. La figura de Constancia, a la que había que unir el exilio y una muerte accidental y temprana, me fascinó y decidí investigar su historia. Tenía delante un fantasma de mujer republicana, burguesa, moderadamente feminista, ilustrada, políglota, y había que buscar su identidad, su realidad.
Lo hice, desde luego. Encontré esa realidad, envuelta en algún fantasma. No era todo como lo habían contado, quizás Constancia no era esa mujer culta y feminista que alguna bibliografía había cultivado; quizás Doble esplendor no era más que una obra propagandística, pero Connie, su historia, su epopeya, su derrota, merecían la pena ser contada.
Emilio Sanz de Soto fue quien me ofreció una nueva perspectiva de Constancia más allá de las citas de sus memorias que conocía. Amigo de Carmen Laforet, fui a hablar con él para que me contara su visión de la autora de Nada. Laforet constituía entonces mi principal interés, no en vano es la autora que abre Mujeres de la posguerra, libro inspirado inicialmente en su figura. Pero Sanz de Soto no sólo me habló de Carmen Laforet. Habló de forma caudalosa de muchas otras personas. Y me habló de Constancia de la Mora, añadiendo, además, que era hermana de Marichu (de la Mora), periodista veterana que acababa de fallecer por esos días. Marichu había sido falangista y se le había atribuído una relación muy estrecha con José Antonio Primo de Rivera. Después, con el paso del tiempo, Marichu fue una de esas españolas tan deseosas de modernidad y libertad que recibieron con los brazos abiertos la democracia. Pero en el 36 era el reverso de su hermana. Si la historia de Constancia era de por sí fascinante, la relación con su hermana Marichu, no podía soslayarse.
Cuando se publicó Mujeres de la posguerra, planteé un par de nuevas historias a mi editor, Ricardo Artola, entonces director de no ficción de Planeta. Una de las propuestas era trazar la biografía completa de Constancia de la Mora cruzándola con la de su hermana Marichu. Está claro que ésta fue la que prosperó.
En cierto modo, ocurrió lo mismo que con el libro anterior. Empecé con Carmen Laforet, persiguiendo su obra y su enigmática y a la vez nada ruidosa vida, y acabé haciendo un libro coral sobre su generación, sobre esas escritoras que nos dieron en su obra el espejo auténtico de las mujeres de la posguerra. Al final, Mujeres de la posguerra supuso publicar la biografía de CL y más (el recorrido por vidas tan apasionantes como las de C. Martin Gaite, Mercè Rodoreda, María Teresa León o María Zambrano. Estoy muy orgullosa del largo capítulo que escribí sobre CL en ese ensayo. Creo que está todo lo que hoy por hoy se puede saber (con permiso de Roberta Jhonson, su excelente crítica norteamericana) y decir de la autora de Nada y La insolación.
Con La roja y la falangista. Dos hermanas en la España del 36 (Planeta, 2006), volvió a repertirse el proceso. A pesar de ser licenciada en Historia Moderna y Contemporánea, me interesa mucho más, y por encima de casi todo, escribir, y elegí por tanto antes la perspectiva del escritor que del historiador. Por otra parte, la historia de las dos hermanas vistas a contraluz era muy potente. De ese modo, me embarqué en la vida de Constancia de la Mora con un ojo puesto en la evolución de su hermana Marichu. El resultado fue, debo reconocerlo, muy satisfactorio: dos biografías al precio de una, por así decirlo, usando un símil publicitario. Dos mujeres, dos hermanas, dos biografías. Me siento muy afortunada de haber llegado hasta el final de la vida de Constancia de la Mora, hasta ese final en una curva de una carretera polvorienta de Guatemala donde perdió extrañamente la vida. Por lo que sé de ella, por lo que escribí, Constancia de la Mora es ya mucho más para mí que la autora de Doble esplendor, que la nieta de Antonio Maura y que la esposa de Hidalgo de Cisneros.
Escribir esta historia casi novelesca, por cierto, no estuvo exenta de dificultades. Fue un empeño que hubiera dado un juego fascisnante desde la ficción. Quizás algún día merezca la pena contarlo de esa manera, echando ficción a la ficción. La novela de la novela que podría haber sido La roja y la falangista. Esa fue la gran tentación: hacer de ambas hermanas una novela. Pero es que la historia de Constancia de la Mora era real. Había que contarla y lo hice.

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