Muere Adolfo Suárez y siento que algo de mí y de mi generación muere con él. Aunque algunas otras cosas, gracias a su audacia y a la nuestra, permanecerán más allá de él, más allá del presente.
Recuerdo cuando le vi por primera vez, hace ya tantas décadas, en Arenas de San Pedro (Ávila). Aspiraba a ser procurador en Cortes por Ávila por lo que llamaban el tercio familiar en aquellos años finales del franquismo. A pesar de formar parte del aparato, como los otros aspirantes -no había pluralismo ni democracia entonces-, ya apuntaba maneras, y representaba la innovación -y la juventud- frente a la carcundia. Solo era una niña pero recuerdo que hubo gente de mi entorno que le apoyó. Salió diputado por Ávila y fue sumando cargos, nuevos escenarios y responsabilidades. Ya no tenía apenas tiempo para dejarse ver por los pueblos abulenses. Pero nadie imaginaba que años después pilotaría la transición democrática a la muere del dictador.
Da vértigo pensar cómo cambió las cañerías del sistema en un tiempo récord mientras el sistema mismo se transformaba y adaptaba: ley de la Reforma Política, elecciones de junio del 77, Cortes Constituyentes, Constitución de 1978... Sin vacilaciones. Jugándose la transición misma (legalización del PCE) y yendo más allá de sus propias convicciones (vía libre a la ley del Divorcio). El coste personal fue muy alto; los beneficios para la sociedad inmensos.
El 23 de febrero, además, se convirtió en héroe. Quien estaba habituado a superar el miedo con un café y una tortilla francesa, no estaba dispuesto a arrodillarse ante los golpistas que irrumpieron en el Congreso.
En estos años de democracia hemos dejado de ser ingenuos. Pero aun siendo escépticos, hay algo que no se puede olvidar: Suárez hizo lo que pudo. Hasta el límite. Y le salió bien.
Tenía defectos, claro, pero no tantos como le atribuían algunos de los señoritos de UCD que le dejaron solo. Tampoco era tan mediocre como el tándem Felipe González-Alfonso Guerra quisieron demostrar con su moción de censura, movidos por la impaciencia de alcanzar el poder.
La pena es que muchos de los que ahora le reconocen y hasta le consideran suyo no hayan entendido su apuesta por la concordia. Para él no había dos Españas. En la suya cabían todos.
domingo, 23 de marzo de 2014
viernes, 14 de marzo de 2014
La bibliotecaria que se atrevió a definir todas las palabras
La primera vez que utilicé el Diccionario de Uso del español, el de María Moliner, tuve un momento de desconcierto: buscaba una entrada y me encontré de golpe con varias de ellas de la misma raíz y -como decía la lexicógrafa- de la misma familia. Vaya, me dije, esto sí que es ser puntillista, cuánto detalle. Cuando comprendí la mecánica, y vi que el orden alfabético también existía, pero de otro modo, pensé que aquello era más que un Diccionario, o al menos un diccionario muy completo. Después he seguido utilizando el DUE por gusto, por descubrir las a veces claras y otras ingeniosas definiciones que redactó Moliner. Nada que ver con la edición del DRAE que manejó la estudiosa en la época en que ella publicó el suyo. La RAE está a punto de presentar ya la 23ª edición y ha tenido tiempo de mejorar los fallos y deficiencia de las anteriores. Sin embargo, ahí están las veraces y bellas definiciones de María Moliner. Algunas incitan a pensar, otras rebosan ingenio. Como la entrada que define brioche, y que no me resisto a copiar:
Brioche: "Palabra francesa con que se designa cierto *bollo de masa relativamente compacta, de forma semejante a un bonete con una borla encima".
Esto es definir sin miedo y sin complejos. Tal como era la lexicógrafa.
Brioche: "Palabra francesa con que se designa cierto *bollo de masa relativamente compacta, de forma semejante a un bonete con una borla encima".
Esto es definir sin miedo y sin complejos. Tal como era la lexicógrafa.
domingo, 23 de febrero de 2014
Antonio Machado, María Moliner y las Misiones Pedagógicas
El Patronato de Misiones Pedagógicas fue creado el 29 de mayo de 1931, unas semanas después de proclamarse la Segunda República. Su objetivo era llevar libros ( y teatro, música, cine y otras manifestaciones culturales) a los lugares más recónditos de la geografía española. Se pretendía así paliar la brecha entre españoles de la ciudad y del campo, muy significativo en un periodo en el que la tasa de analfabetismo era brutal. La mayoría de los escritores e intelectuales, desde Luis Cernuda, Rafael Dieste María Zambrano o Juan Gil-Albert, se volcaron en el proyecto y viajaron a diferentes poblaciones. En ese contexto, Antonio Machado, María Moliner y su hermana Matilde, aunaron fuerzas para que los libros llegasen a todos. Podría decirse que formaron un equipo perfecto.Los tres habían bebido ya en las fuentes de Manuel Bartolomé Cossío y de la Institución Libre de Enseñanza en diferentes épocas, pero las Misiones facilitarán que colaboren juntos.
María Moliner residía en esos años en Valencia, y además de trabajar como archivera en la Delegación Provincial de Hacienda, estaba ligada a la Escuela Cossío. Este centro, inspirado en los ideales educativos de la ILE, había sido creado por un grupo de matrimonios amigos pensando en sus propios hijos y en los de sus amigos y vecinos. María Moliner y otros miembros de la Escuela Cossío se involucraron desde el primer momento en la difusión de Misiones en el área de Valencia. María Moliner sería nombrada vicepresidenta de Misionesen Valencia y se afamaría en recorrer los pueblos y los centros escolares rurales para crear bibliotecas circulantes. Es decir, buscaba sedes estables para depositar los libros, que no se regalaban, se prestaban, y cada tanto, se cambiaban los lotes para que circularan nuevos títulos. Una actividad que a la fuura autora del Diccionario de Uso del español le apasionaba, al unir su vocación pedagógica con su empeño en crear más y mejores bibliotecas. Los informes y anotaciones que María Moliner escribía sobre su visita a los pueblos y su a veces difícil búsqueda del maestro o ciudadano dispuesto a hacer de bibliotecario son tan divertidos como instructivos [ver El exilio interior. La vida de María Moliner (editorial Turner) en su edición impresa o electrónica (en Amazon)].
Los títulos de esos lotes de libros que llegaban a Valencia y a otras partes de España habían sido seleccionados inicialmente por Antonio Machado, y Matilde Moliner, hermana de María, se encargaba de que los lotes estuvieran completos y se enviaran a los lugares que los demandaban. El Patronato de Misiones Pedagógicas dependía del ministerio de Instrucción Pública y lo presidía Cossío, aunque el responsable directo era el secretario, Luis Álvarez de Santullano y su principal colaboradora Matilde Moliner, vicesecretaria de Misiones y hermana menor de María. Matilde Moliner, profesora de Secundaria, dejó su puesto en Talavera de la Reina a raíz de este encargo y fue trasladada al instituto Cervantes de Madrid. De ese modo, podía compatibilizar la enseñanza y su trabajo como vicesecretaria de Misiones. En el instituto Cervantes la joven profesora encontró al admirado Antonio Machado, profesor de Francés y poeta. Aunque Antonio Machado ya se había comprometido a seleccionar los libros que iban a enviarse a los pueblos, el doble contacto con Matilde Moliner a través del Claustro del Cervantes y la vicesecretaría de Misiones, favoreció que ambos colaboraran en la la selección final de los lotes que se iban renovando. Matilde Moliner recordaba emocionada su relación con Machado en un homenaje celebrado en el Cervantes para rehabilitar, ya en democracia, al profesor-poeta depurado y exiliado. El contacto de Machado con María Moliner fue menos directo, pero el poeta sabía perfectamente quien era, y posiblemente se encontraran en Valenncia cuando los intelectuales fueron evacuados a la ciudad del Turia. Lo que no sabía, ni nadie en esos años, es que María Moliner, después de haber cumplido como bibliotecaria brillante, se adentraría en escribir un Diccionario que completaría al de la RAE y hasta le dejaría en evidencia.
María Moliner residía en esos años en Valencia, y además de trabajar como archivera en la Delegación Provincial de Hacienda, estaba ligada a la Escuela Cossío. Este centro, inspirado en los ideales educativos de la ILE, había sido creado por un grupo de matrimonios amigos pensando en sus propios hijos y en los de sus amigos y vecinos. María Moliner y otros miembros de la Escuela Cossío se involucraron desde el primer momento en la difusión de Misiones en el área de Valencia. María Moliner sería nombrada vicepresidenta de Misionesen Valencia y se afamaría en recorrer los pueblos y los centros escolares rurales para crear bibliotecas circulantes. Es decir, buscaba sedes estables para depositar los libros, que no se regalaban, se prestaban, y cada tanto, se cambiaban los lotes para que circularan nuevos títulos. Una actividad que a la fuura autora del Diccionario de Uso del español le apasionaba, al unir su vocación pedagógica con su empeño en crear más y mejores bibliotecas. Los informes y anotaciones que María Moliner escribía sobre su visita a los pueblos y su a veces difícil búsqueda del maestro o ciudadano dispuesto a hacer de bibliotecario son tan divertidos como instructivos [ver El exilio interior. La vida de María Moliner (editorial Turner) en su edición impresa o electrónica (en Amazon)].
Los títulos de esos lotes de libros que llegaban a Valencia y a otras partes de España habían sido seleccionados inicialmente por Antonio Machado, y Matilde Moliner, hermana de María, se encargaba de que los lotes estuvieran completos y se enviaran a los lugares que los demandaban. El Patronato de Misiones Pedagógicas dependía del ministerio de Instrucción Pública y lo presidía Cossío, aunque el responsable directo era el secretario, Luis Álvarez de Santullano y su principal colaboradora Matilde Moliner, vicesecretaria de Misiones y hermana menor de María. Matilde Moliner, profesora de Secundaria, dejó su puesto en Talavera de la Reina a raíz de este encargo y fue trasladada al instituto Cervantes de Madrid. De ese modo, podía compatibilizar la enseñanza y su trabajo como vicesecretaria de Misiones. En el instituto Cervantes la joven profesora encontró al admirado Antonio Machado, profesor de Francés y poeta. Aunque Antonio Machado ya se había comprometido a seleccionar los libros que iban a enviarse a los pueblos, el doble contacto con Matilde Moliner a través del Claustro del Cervantes y la vicesecretaría de Misiones, favoreció que ambos colaboraran en la la selección final de los lotes que se iban renovando. Matilde Moliner recordaba emocionada su relación con Machado en un homenaje celebrado en el Cervantes para rehabilitar, ya en democracia, al profesor-poeta depurado y exiliado. El contacto de Machado con María Moliner fue menos directo, pero el poeta sabía perfectamente quien era, y posiblemente se encontraran en Valenncia cuando los intelectuales fueron evacuados a la ciudad del Turia. Lo que no sabía, ni nadie en esos años, es que María Moliner, después de haber cumplido como bibliotecaria brillante, se adentraría en escribir un Diccionario que completaría al de la RAE y hasta le dejaría en evidencia.
sábado, 22 de febrero de 2014
Antonio Machado, 75 años
Paradoja: Antonio Machado está más vivo que nunca. Pero en el exilio. En Colliure. Así lo ha querido la historia española (sobre todo la de los que dicen que nunca se equivocan y jamás piden perdón).
Recojo en su aniversario algunos párrafos sobre el poeta citados en El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner, 2011):
"La Guerra Civil y la amenaza franquista sobre el sitiado Madrid empujarán al Gobierno a trasladarse a Valencia en noviembre de 1936. La universidad valenciana acogió al Ministerio de Instrucción Pública y cedió varias de sus salas a sus departamentos. Muy cerca, en la Biblioteca, se encontraba María Moliner, lo que propició que conociera y tratara muy pronto a los máximos responsables de la política cultural.
El Gabinete instaló a los escritores e intelectuales evacuados en la recién creada Casa de Cultura, presidida por Antonio Machado. Su presencia insufló una intensa vida intelectual en un periodo marcado por la barbarie. Pronto surgieron voces e industrias culturales destinadas a encarar la guerra desde la creación. Publicaciones como El Mono Azul y Hora de España combatían al enemigo con las ideas, al tiempo que en sus páginas se debatía si los intelectuales servían a España con su sola creatividad o si debían ponerse al servicio de la guerra" (pp 145-146)
En 1959, la Asociación de Mujeres Universitarias fue más audaz y organizó un homenaje medio clandestino a Antonio Machado que reunió en su sede a poetas como Vicente Aleixandre y Caballero Bonald, y actores conocidos. El policía encargado de vigilar que no hubiera actividad subversiva se marchó tranquilo a tomar un café cuando le dijeron que allí se hablaría de poesía y de cosas de mujeres. En realidad, Francisco Rabal, Fernando Fernán Gómez y Fernando Rey recitaron poemas de Machados, algunos prohibidos por haber sido escritos durante la contienda, y emocionaron a los asistentes. El acto se convirtió en una añoranza y reivindicación de las libertades confiscadas por la dictadura. Ya decía Carmen Caamaño que en el franquismo la cultura siempre acababa en política. (pág. 242)
Recojo en su aniversario algunos párrafos sobre el poeta citados en El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner, 2011):
"La Guerra Civil y la amenaza franquista sobre el sitiado Madrid empujarán al Gobierno a trasladarse a Valencia en noviembre de 1936. La universidad valenciana acogió al Ministerio de Instrucción Pública y cedió varias de sus salas a sus departamentos. Muy cerca, en la Biblioteca, se encontraba María Moliner, lo que propició que conociera y tratara muy pronto a los máximos responsables de la política cultural.
El Gabinete instaló a los escritores e intelectuales evacuados en la recién creada Casa de Cultura, presidida por Antonio Machado. Su presencia insufló una intensa vida intelectual en un periodo marcado por la barbarie. Pronto surgieron voces e industrias culturales destinadas a encarar la guerra desde la creación. Publicaciones como El Mono Azul y Hora de España combatían al enemigo con las ideas, al tiempo que en sus páginas se debatía si los intelectuales servían a España con su sola creatividad o si debían ponerse al servicio de la guerra" (pp 145-146)
En 1959, la Asociación de Mujeres Universitarias fue más audaz y organizó un homenaje medio clandestino a Antonio Machado que reunió en su sede a poetas como Vicente Aleixandre y Caballero Bonald, y actores conocidos. El policía encargado de vigilar que no hubiera actividad subversiva se marchó tranquilo a tomar un café cuando le dijeron que allí se hablaría de poesía y de cosas de mujeres. En realidad, Francisco Rabal, Fernando Fernán Gómez y Fernando Rey recitaron poemas de Machados, algunos prohibidos por haber sido escritos durante la contienda, y emocionaron a los asistentes. El acto se convirtió en una añoranza y reivindicación de las libertades confiscadas por la dictadura. Ya decía Carmen Caamaño que en el franquismo la cultura siempre acababa en política. (pág. 242)
lunes, 10 de febrero de 2014
Trascendente Emily Dickinson
Saber llevar nuestra porción de noche
o de mañana pura;
llenar nuestro vacío con desprecio,
llenarlo de ventura
(E. Dickinson)
Our share of night to bear
our share of morning
Our blank in bliss to fill
our blank in scorning
(Poemas, versión de M. Manent /Visor)
Para todos los que se reconocen frágiles y fuertes; los que no pierden la esperanza en los días oscuros y los que valoran y respetan por igual la vida de los grandes y pequeños, los próximos y los lejanos, los autóctonos y extranjeros.
o de mañana pura;
llenar nuestro vacío con desprecio,
llenarlo de ventura
(E. Dickinson)
Our share of night to bear
our share of morning
Our blank in bliss to fill
our blank in scorning
(Poemas, versión de M. Manent /Visor)
Para todos los que se reconocen frágiles y fuertes; los que no pierden la esperanza en los días oscuros y los que valoran y respetan por igual la vida de los grandes y pequeños, los próximos y los lejanos, los autóctonos y extranjeros.
domingo, 15 de diciembre de 2013
María Teresa León, veinticinco años después
Un trece de diciembre de hace veinticinco años, en 1988, se marchó de este mundo María Teresa León, aunque su memoria dulcificada por los años de entrega a todo lo que amaba, ya se había ido. En su haber, dos obras magníficas:
"Doña Jimena de Vivar, señora de todos los deberes", y "Memoria de la melancolía". La primera, es un ensayo sobre la esposa del Cid Campeador, en la que María Teresa vierte su amor al Romancero y a la historia de España, como mujer culta y cultivada que fue. "Pensé en Doña Jimena, ese arquetipo de mi infancia, que yo había visto en San Pedro de Cardeña, de Burgos, tendida junto al señor de Vivar como su igual y tejí mis recuerdos de lecturas, de paisajes, de horas vividad para apoyar en Doña Jimena las mujeres que iban pasando ante mis ojos", escribió León al hablar de esta obra exquisita.
Pero, además, en las décadas finales de su vida, en el exilio romano, escribió "Memoria de la melancolía", una retrospectiva de lo vivido por esta mujer fuerte de memoria débil que se esfumaba lentamente. Una obra cargada de emoción y belleza en la que esta niña bien y joven intrépida que fue María Teresa, la niña de belleza perfecta que retrató en verso Rosa Chacel, la joven mujer que se entregó a Alberti, a la literatura y quizás a algún amor excesivo como la militancia comunista, miraba hacia atrás y reconstruía en el texto lo qu esu memoria perdía. Todo ello por amor, con pasión, y por su debilidad por los débiles.
Evoqué a María Teresa León en un capítulo de "Mujeres de la posguerra" (Planeta, 2001. "Él va delante, Rafael no ha perdido nunca la luz", decía ella de su marido, Alberti. Ella, a veces en una penumbra voluntaria, mantiene la luz de sus palabras. Ya es hora de que sea recordada por ella misma.
"Doña Jimena de Vivar, señora de todos los deberes", y "Memoria de la melancolía". La primera, es un ensayo sobre la esposa del Cid Campeador, en la que María Teresa vierte su amor al Romancero y a la historia de España, como mujer culta y cultivada que fue. "Pensé en Doña Jimena, ese arquetipo de mi infancia, que yo había visto en San Pedro de Cardeña, de Burgos, tendida junto al señor de Vivar como su igual y tejí mis recuerdos de lecturas, de paisajes, de horas vividad para apoyar en Doña Jimena las mujeres que iban pasando ante mis ojos", escribió León al hablar de esta obra exquisita.
Pero, además, en las décadas finales de su vida, en el exilio romano, escribió "Memoria de la melancolía", una retrospectiva de lo vivido por esta mujer fuerte de memoria débil que se esfumaba lentamente. Una obra cargada de emoción y belleza en la que esta niña bien y joven intrépida que fue María Teresa, la niña de belleza perfecta que retrató en verso Rosa Chacel, la joven mujer que se entregó a Alberti, a la literatura y quizás a algún amor excesivo como la militancia comunista, miraba hacia atrás y reconstruía en el texto lo qu esu memoria perdía. Todo ello por amor, con pasión, y por su debilidad por los débiles.
Evoqué a María Teresa León en un capítulo de "Mujeres de la posguerra" (Planeta, 2001. "Él va delante, Rafael no ha perdido nunca la luz", decía ella de su marido, Alberti. Ella, a veces en una penumbra voluntaria, mantiene la luz de sus palabras. Ya es hora de que sea recordada por ella misma.
viernes, 13 de diciembre de 2013
"Habíamos ganado la guerra"/ La burguesía catalana y el franquismo
Es triste, no aprendemos de la Historia. Que no se repite, pero que vuelve como drama o pesadilla cuando no se tiene memoria. España contra Cataluña (depende de qué España). Cataluña contra España (depende de qué Cataluña). Cansancio, repetición. "Cuánta, cuánta guerra" (M. Rodoreda). España contra Francia. Francia contra España. Cataluña contra Cataluña. El Exaimple contra las Ramblas. La vecina del cuarto contra la vecina de la entreplanta. El tendero de la esquina contra el hiper de enfrente. Los grandes cambios precisan de grandes diálogos: tienen su tiempo, no hay atajos. Pero lo que sorprende es que se reescriba la historia a capricho, o solo en parte, y se lancen los retos justo cuando hay democracia (aunque imperfecta), mientras que en tiempos no tan lejanos, cierta burguesía hincó la rodilla ante el dictador Franco para preservar estilo de vida y negocios.
Esther Tusquets en "Habíamos ganado la guerra" explica cómo las familias de abolengo catalanista prefirieron pagar el tributo al dictador antes que perder su bienestar. Buena parte de la burguesía aunó el fervor franquista con ciertas poses de modernidad (en las costumbres, no en el terreno socio-político) dentro de su privilegiado círculo de amistades, como refleja también Mercedes Salisach en "Una mujer llega al pueblo", novela que recoge la hipocresía moral de las clases altas.
Menos mal que Ana María Matute, como ya señalé en "Mujeres de la posguerra" (Planeta, 2002), escribió estremecedoras novelas sobre las funestas consecuencias de la Guerra Civil y sus detritus en una memorable trilogía y en la para mí imborrable "Los hijos muertos". Leer a Matute, si no se quiere leer historia directamente, es comprender que también perdimos la guerra. La perdió España, aunque una parte la ganara. Y por supuesto, la perdió Cataluña, aunque una vez inaugurada la victoria, prosiguieran la vida y los negocios, como si no pasara nada. Pero sí pasaba, en Barcelona, o en Badajoz. Lo que pasaba en Barcelona y el la calle Aribau, concretamente, lo contó Carmen Laforet en "Nada": locura, abatimiento, hambre, racionamiento, cinismo. Nada.
Lo mismo que pasaba en cualquier pueblo o barrio español. Carmen Laforet lo vivió en Barcelona y lo narró en Madrid, bien pegada a la estufa del Ateneo, porque en aquel entonces se pasaba frío. Las etapas de intrasigencia y delirio colectivo dan mucho frío.
Esther Tusquets en "Habíamos ganado la guerra" explica cómo las familias de abolengo catalanista prefirieron pagar el tributo al dictador antes que perder su bienestar. Buena parte de la burguesía aunó el fervor franquista con ciertas poses de modernidad (en las costumbres, no en el terreno socio-político) dentro de su privilegiado círculo de amistades, como refleja también Mercedes Salisach en "Una mujer llega al pueblo", novela que recoge la hipocresía moral de las clases altas.
Menos mal que Ana María Matute, como ya señalé en "Mujeres de la posguerra" (Planeta, 2002), escribió estremecedoras novelas sobre las funestas consecuencias de la Guerra Civil y sus detritus en una memorable trilogía y en la para mí imborrable "Los hijos muertos". Leer a Matute, si no se quiere leer historia directamente, es comprender que también perdimos la guerra. La perdió España, aunque una parte la ganara. Y por supuesto, la perdió Cataluña, aunque una vez inaugurada la victoria, prosiguieran la vida y los negocios, como si no pasara nada. Pero sí pasaba, en Barcelona, o en Badajoz. Lo que pasaba en Barcelona y el la calle Aribau, concretamente, lo contó Carmen Laforet en "Nada": locura, abatimiento, hambre, racionamiento, cinismo. Nada.
Lo mismo que pasaba en cualquier pueblo o barrio español. Carmen Laforet lo vivió en Barcelona y lo narró en Madrid, bien pegada a la estufa del Ateneo, porque en aquel entonces se pasaba frío. Las etapas de intrasigencia y delirio colectivo dan mucho frío.
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