sábado, 2 de mayo de 2009

La literatura y el dinero


Comparto el tono, la cadencia y el fondo del artículo de Andrés Ibáñez en ABCD. Se considera que el editor está en el mundo real, y el escritor en el ideal, quizás porque la ficción se pega a la propia piel. He oído cientos de veces eso de que escribir bien y publicar (en un periódico, en formato libro) es ya de por sí una recompensa. Pero como dice Ibáñez, el autor también tiene que pagar la luz, las facturas del dentista y la remodelación de su hogar, por no decir el recibo del colegio de sus hijos. Hay cierta hipocresía de fondo en todo este asunto. Es cierto que hay autores (pocos) capaces de vivir de la literatura, e incluso dotados de cierta habilidad para hacer dinero con la escritura. El resto sobrevive, y algunos,los que se atreven a decir que quieren ganar algo de dinero publicando son tachados a veces de interesados.
En fin, amar los libros quizás conlleva no amar el dinero, pero más allá de eso, el artículo de Andrés Ibáñez es esclarecedor porque expresa en público algo que muchos autores, de uno u otro modo, han experimentado.
No cabe duda de que a veces se da una mala relación entre el escritor y el dinero, pero no tanto como dar por descontado que es carne de cañón para ser engañado o como para pensar que el autor no tiene también hijos, casa e hipoteca.
Belén Gopegui ya trató el tema del dinero y cómo éste arruina amistades de años. Es un tema que podría dar para una trilogía... Por ejemplo, los bancos. He ahí una institución que nunca pierde, a pesar de que la actual crisis financiera haya nacido en su seno. Se dice que la gente se endeudó por encima de sus posibilidades en tiempos de bonanza al comprar la vivienda, pero se olvida que el precio de esos pisos o adosados estaban por encima de lo razonable. La gente simplemente tragaba y para pagar la minicasa a precio de supercasa, se endeudaba. Luego resultó que Trichet combatía la inflación a golpe de subida de tipos: la pobre gente que ya compró un piso por encima de sus posibilidades gracias a una financiación accesible pero peligrosametne alta, se encontró con intereses insoportables. Luego vino la crisis, se desinfló la burbuja, y ahí quedaron sus víctimas. Ahora, con la recesión, esta pobre gente que sólo quería una vivienda está pagando por igual la caída de la burbuja inmobiliaria y la voracidad de los bancos. Su vivienda vale cada vez menos, quizás el precio que debió valer en su origen, pero siguen pagándola al desmesurado valor que imponen los bancos. Porque todavía hay hipotecas que no han bajado, al contrario, han subido, al no influir todavía el descenso de tipos en su renovación anual. Esta gente debe esperar aún cinco o seis meses para que el banco les redondee de acuerdo con el euríbor. Algunos entrarán en quiebra en el camino y no llegarán a tiempo de la rebaja.
Imagínense el más avaro de los caseros. Es más fácil que pacte alguna ventaja con su inquilino en estos tiempos de crisis, que el banco con su prestatario. Ni tienen alma ni quieren tenerla.

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