lunes, 19 de mayo de 2008

La duquesa de Langeois

Hace unos días disfruté de esta película, una de mis apuestas de la cartelera. El amigo que me la recomendó, además, me dijo que reconocería en ella algunos juegos de esgrima amorosa del estilo de los personajes Marc y Elsa, de mi novela Años en fuga (Acantilado, 2001) e incluso otros similares presentes en algunos relatos y cuentos aún inéditos que él sí ha leído.
Con tanta expectación, me adentré en la película. ¿Me gustó? La historia me interesó y la adaptación me pareció magnífica. No en vano se trata de una historia de Balzac y eso sube el listón; también las dificultades. Además, la música es soberbia y los escenarios ricos y elegantes. Un decorado muy apropiado para relajar la tensión diaria. He de reconocer que en algunos momentos me pareció larga Y en otros, las estratagemas de los amantes para acercarse y distanciarse, agotadoras. Y muy alejadas de la vida de hoy. Desde los rituales de seducción inicial, al castigo que infringe el amante contrariado, "acero contra acero" para anunciar la batalla. Todo eso, excepto la belleza que puede transmitir desde un punto de vista plástico, ¿qué tiene que ver con nuestros días? Y, por lo que a mí me atañe, ¿qué tienen que ver mis personajes contemporáneos con estos atormentados personajes de Blazac que rozan el sadomasoquismo y lo inconveniente?
Han pasado dos siglos y la educación sentimental ha cambiado tanto, por fortuna, que no se concibe ya la entrega por la entrega, y la libertad para querer sin violencia física o mental es sagrada. Estamos, por tanto ante una gran película, sí, y con moraleja incluida, pero ajena en buena parte a nuestras vidas.
¿Ajena? Quizás no tanto, quizás haya parejas que entiendan la seducción como una intermitente tortura psicológica. Por supuesto, si se llega a la violencia, eso tiene un nombre: delito. En cualquier caso, no creo que la seducción así entendida pueda prosperar, y en cualquier caso no lleva a ninguna parte.
Lo que sí creo, porque lo veo, es que hay parejas condenadas a no encontrarse por torpeza o egoísmo, sobre todo. Pero también por mantener hacia el otro posturas ambiguas o por culpa de una serie de azares pocos venturosos: se buscan a destiempo, y uno pide verse cuando el otro está a punto de salir de viaje o haciendo horas extras para sacar adelante un trabajo; o uno propone un plan maravilloso qu el otro ni considera porque tiene uno diferente decidido; o piden al otro algo demasiado difícil, pero no escuchan lo bastante como para aceptar lo que sí se le entrega... En fin, no quiero convertir esto en un galimatías ni en un código de despropósitos aún más retorcido que el de los personajes de la película. Sólo añadir que no siempre es la rigidez y el orgullo, como en La duquesa de Langeois, lo que separa hasta el infinito a las parejas, sino el despiste, el narcisismo, la necesidad de satisfacer en el mismo instante lo que se desea, y en cambio renunciar a esa satisfacción por no molestarse en pactar algo más factible... En definitiva, la falta de compromiso con el otro, no sólo en el sentido legal o moral, sino en el de contar realmente con él para lo que se persigue, ¿quizás estar juntos?

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