domingo, 20 de noviembre de 2016

Adolfo Suárez, la Monarquía y la frágil memoria colectiva

Adolfo Suárez fue el primer presidente de la democracia española tras la larga dictadura franquista y la devastadora Guerra Civil. La Constitución de 1978, votada por los ciudadanos durante la Transición, enlazó en su vocación democrática con la Constitución de 1931, la republicana, interrumpida abrupta y violentamente en 1936. Durante los años siguientes, los de la guerra, el gobierno republicano seguía teniendo la legitimidad, pero el juego democrático y parlamentario quedó paralizado. Lo que importaba era defender la legalidad democrática y reducir a los sublevados que, al final, como es sabido, ganaron la partida, con la ayuda de Alemania e Italia. Una vez derrotada la República, y con ella la democracia, los sublevados tomaron el poder y España pasó a ser una dictadura encarnada en el general Francisco Franco (al tiempo que los leales a la legalidad democrática pasaron a ser rebeldes para el nuevo régimen, y por consiguiente fueron perseguidos, encarcelados y en algunos casos fusilados).
Sobre ese erial, sobre ese dolor colectivo, sobre esa ausencia de discurso democrático (mantenido solo por la oposición, cada vez más amplia y plural al final de la dictadura), Adolfo Suárez, con gran audacia, se lanzó a recuperar las libertades (junto a otros) una vez que falleció el dictador. La democracia la pedía la calle, altas instancias que querían que España dejara de ser una excepción para homologarse con los países democráticos occidentales y, por supuesto, la oposición del interior y el exterior. La ley de Reforma Política permitió desmontar el régimen franquista sin  pedir responsabilidades políticas a los que habían sustentado la dictadura, pero les obligaba, de forma persuasiva, pero inapelable, a aceptar la democracia. Fue una deconstrucción pacífica y pactada. El 15 de junio de 1977, los españoles votaron por primera vez, y de esas elecciones salieron las Cortes constituyentes que elaboraron la Constitución de 1978.
Ahora, unas secuencias de video que no habían sido emitidas en su momento, y que fueron desechadas al editarse el material que recogía una entrevista de Victoria Prego con el expresidente Suárez en 1995, plantean de forma un tanto oportunista, por qué no se votó entonces si los españoles querían República o Monarquía. Tal como se vio en la Sexta el viernes, Suárez, en un momento de la entrevista en que se le ve confiado, aunque también cansado, dice, fuera de micro, es decir, off the record, que no se llevó a cabo este referéndum porque las encuestas que manejaban indicaban que perdía la Monarquía. Sin embargo, el director del periódico El Mundo, Pedro G. Cuartango, desmiente que esto fuera así, y asegura que Suárez empezaba a estar ya afectado por los inicios de la enfermedad de la pérdida de memoria que iba a sufrir en sus últimos años de vida.
Creo que Pedro G. Cuartango podría no andar del todo descaminado. Lo que no significa que Suárez mintiera o quisiera hacerlo en esa entrevista. No tenemos tampoco datos para pensar que el expresidente se encontrara en los inicios de su posterior enfermedad. Suárez ya le había comentado antes a la periodista que un poco tontamente le estaba hablando de varios temas, se estaba explayando y en un momento en que parece fatigado, le da un dato sin aclarar de qué época fueron esas encuestas y si se hicieron con una finalidad clara o si, por el contrario, esos datos se dedujeron de otras preguntas. En una entrevista no siempre se capta el sentido último de la pregunta -suponiendo que la entrevistadora manifestara entonces una intencionalidad coincidente con el enfoque que se le está dando en estas fechas-  y se responde lo que se entiende que se quiere saber -o lo que el entrevistado estima importante-. Lo que parece impensable es que en 1975, o en 1976, un régimen dictatorial que se derrumbaba a cámara lenta porque se había quedado sin dictador y los españoles querían ya democracia, permitiera una consulta con esa disyuntiva. Si hubo encuestas sería para pulsar la opinión, no para llevar a cabo en esos momentos una consulta. Que hubiera conversaciones -entonces se hablaba mucho y se pactaba más pues nadie quería el horror de un nuevo enfrentamiento ni la prolongación de un anacrónico régimen autoritario- no significa que fuera un tema crucial. Que Felipe González pidiera a Suárez ese referéndum tampoco debe de extrañar, pues el PSOE siempre fue, hasta 1978, republicano. Es más, sospecho que el presidente Suárez se refirió en esa entrevista a que se barajó la idea de hacer una consulta para refrendar la Monarquía y que finalmente se descartó -probablemente porque, como él mismo explicó a la entrevistadora, no había garantía de que fuera respaldada- y se optó por incluirla en la Ley de Reforma Política. No que estuviera previsto hacer por las buenas un referéndum entre Monarquía y República. El ya agónico régimen franquista no hubiera consentido esa consulta, pues si se plegó al cambio fue porque la jefatura de Estado iba a encarnarla Juan Carlos I, aunque sus competencias, con la Constitución del 78, quedaran reducidas: ya no iba a ser el monarca diseñado por el antiguo régimen, sino el representante de una Monarquía parlamentaria. Tampoco era algo crucial: el dilema era elegir entre un continuismo sin sentido (y por tanto suicida) y la democracia (aunque los más exigentes reclamaran que además de democracia hubiera ruptura, algo tan traumático como irrealizable, pues se trataba de que fueran las nuevas leyes las que permitieran el definitivo  alejamiento del pasado, sin dinamitarlo), y no entre Monarquía y República.
Por otra parte, las razones por las que no ganara entonces en una consulta la Monarquía podían ser muy variadas. Para empezar, hacía tiempo que los españoles no sabían ni qué era un Rey ni qué era un presidente de una República: solo conocían una dictadura gobernada por un militar (así que los que ahora se regocijan pensando que entonces había muchos republicanos lo mismo se llevan un chasco, porque una parte de quienes no querían Monarquía o ese Rey en concreto que alentaba reformas, tal vez añoraban otro Franco, un militar autoritario). El tema más espinoso que tuvo que afrontar Adolfo Suárez fue la legalización del Partido Comunista de España, ya que había dentro del régimen que se estaba transformando a marchas forzadas, partidarios de una democracia limitada y meramente formal (con varios partidos, pero sin el PCE). frente a los que entendían que era necesario que la democracia fuera plena (con el PCE) y sin sombra de duda o ambigüedad. Pero antes de ser legalizado (y pese a que tantos recalcitrantes se rasgaron las vestiduras), Carrillo ya había aceptado la Monarquía como solución.
La historia es una ciencia apasionante porque da lecciones constantes y gratuitas a los que vienen detrás o viven el presente. Otra cosa es que se quieran leer o interpretar. No hubo referéndum pues en el 78 sobre ese tema. La Monarquía parlamentaria pasó a formar parte así de la Constitución.
Valoro en mucho la experiencia de la Segunda República, sobre todo en el ámbito de la cultura, la dignificación de los trabajadores, los derechos de la mujer, su combate por la educación y por la erradicación del analfabetismo y la ignorancia. Es un error confundir la Segunda República con la Guerra Civil, pues se trata de dos etapas distintas, y la primera no llevó a la otra (lo que llevó a la otra fue la intolerancia y la falta de convicciones democráticas de sus actores). Sin embargo, no había más democracia entonces que ahora, y muchos de los temas que quedaron resueltos entonces (los Estatutos de autonomía de Cataluña y Euskadi, por ejemplo), fueron recuperados y ampliados en la Transición. Es innegable que este es  un referéndum que se puede plantear (no porque haya quedado pendiente sino porque haya un clamor que lo pida serenamente en algún momento), pero lo que no tiene sentido es que cada generación quiera plantear todo a la vez y en cada momento histórico, en especial lo que sus padres resolvieron con suficiente consenso. Picasso dejó bien claro que el Guernica (que fue un encargo del Gobierno republicano para que representara a España en París) vendría a España cuando volviera la República. No obstante, sus herederos decidieron que, una vez que había democracia, y aunque no hubiera República, el Guernica podía volver. Y ahí está, en el Centro de Arte Reina Sofía.

   La forma de la jefatura de Estado no es una prioridad para los ciudadanos en estos momentos en que la sociedad se ve decepcionada y golpeada por una serie de condicionamientos económicos y por una acomodación de los políticos a sus votos clientelares (sus partidarios) y no a la mayoría. Y menos cuando parte de los que quieren resucitar esta cuestión alientan respuestas emocionales respecto al nacionalismo en otros territorios del Estado. Todo a la vez es un planteamiento adolescente que puede ilusionar a algunos pero no a costa de los derechos democráticos ya ganados.

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