martes, 25 de marzo de 2008

Clarice Lispector


A primeros de marzo participé en un coloquio de escritoras sobre tres mujeres, dos de ellas creadoras, Clarice Lispector y Alejandra Pizarnik, y una ensayista, crítica y política, Margarita Nelken. No se trataba ni se trata de compararlas, pero más allá de la atormentada Pizarnik y de la incendiaria y a la vez maternal voz de Nelken, una intelectual ganada por la causa de los trabajadores y campesinos, Lispector encarna para mí el esplendor literario, la revelación de la escritura como poderosa herraminenta para construir y deconstruir una historia. ¿Cómo escribe la autora de Aprendizaje o el libro de los placeres? Se ha dicho que recuerda a Marguerite Duras, pero con una voz que se desliza por el texto como un desmayo, como una búsqueda, una indagación. Es un aliento literario y a la vez místico, la mística del descubrimiento de la identidad fragmentada y reconstruida. Ya dijo Soledad Puértolas, que sus textos, sus frases, y sus novelas, eran no sólo narrativa, sino iluminaciones.

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