sábado, 1 de octubre de 2011

A María Moliner le salvó el carácter (además del DUE)


He leído hace poco una entrevista en La Vanguardia que se publicó el pasado agosto sobre mi biografía sobre María Moliner. Aunque han pasado ya unos meses desde la presentación, creo que esta entrevista ofrece un enfoque interesante al destacar que esta biografía narra, entre otras cosas, los obstáculos que tuvo que superar Moliner para publicar su Diccionario de Uso del español, una obra doblemente singular: por tratarse de una obra de un solo autor, en primer lugar, como es el caso también de Joan Corominas, y por haber sido elaborado por una mujer (algo inusual y más añun en los años de las décadas cincuenta y sesenta del siglo XX). Una autora muy especial: depurada por el franquismo, bibliotecaria, madre de familia y licenciada en Historia (pero no en filología).
Lo que sigue es un extracto de la citada entrevista:

"(...) era una intrusa, en cierto modo. Porque estudió historia en la universidad de Zaragoza, pero había encarrilado su vida por el mundo de los archivos y bibliotecas y no estaba considerada filóloga. (...) Creo que fue admirada, pero no valorada.



El Diccionario "no era un hobby, era su vida. Llega un momento en que ella se involucra tanto... a partir del 1955 el diccionario ocupaba casi el 90 por ciento de su vida. Y por otra parte María Moliner, y esto se ve ya en las cartas primeras, es una mujer que tiene un proyecto de vida intelectual y que tiene unos deseos de realizarse profesionalmente. Es cierto que (...) como funcionaria tiene que ir un poco a los destinos profesionales que le marcan, pero tiene sus preferencias.


"Mi aventura ha sido abordar a un personaje al que respeto muchísimo y con el que no podía novelar demasiado, por ese respeto y porque es una figura sobria que por sí misma se define y que por tanto no permitía demasiadas licencias. Me esforcé por dotarla, a pesar de todo, de lo que yo creo que era su verdadera personalidad: una mujer con deseos de aprender, una persona que se está reinventando constantemente, puesto que estudia inicialmente con muchísimas dificultades, haciendo el bachillerato casi sola, con una gran capacidad para fijarse metas y luego con una gran ambición intelectual, una ambición que entonces se le negaba a la mujer. Se pensaba que con ser abnegada y con estar entregada –la dedicación a las palabras nadie se la discute, los logros de su diccionario, la sorpresa que causó, la envergadura de la empresa, nadie se los discute– era suficiente y por eso, esa mujer recoleta era la imagen que nos iban difundiendo. Claro, era recoleta porque era una señora que estaba en su contexto, en su época y en su mundo. Pero tenía una gran ambición intelectual porque, aunque ella decía en plan chusco que ella era tenaz porque era aragonesa, que nunca habría terminado el diccionario si no hubiera sido una tozuda y una bruta, su motor era dejar una obra".



¿Por qué escribe el diccionario?

(...) Cuando viene a Madrid en 1946 empieza a tener un rato por las tardes que quiere llenar. Tiene algunos proyectos y dado que siempre había pensado que los españoles no empleamos ni sacamos el partido adecuado a nuestra lengua, empieza a plantearse hacer un diccionario. Como tenía un bagaje, porque conocía muy bien el diccionario de la RAE de la época universitaria, se ve tentada a actualizarlo y a definir de nueva planta las acepciones. Y se va complicando. (...) Una vez que tiene ya bastantes fichas le llega la noticia a Dámaso Alonso, que convenció a los cuatro editores de Gredos, como director que era de la colección principal, de que el proyecto merecía la pena, a pesar de que la apariencia era una caja de zapatos con un montón de fichas. Leyendo las fichas vieron tal erudición que se embarcaron en la aventura.

¿Y después?
Firma un contrato con Gredos en 1955, creo que esto no se había publicado hasta ahora. Van recibiendo sus fichas, las van preparando para luego componerlas, pero como se dilató tanto, se tuvieron que componer por segunda o tercera vez; eran los medios mecánicos de entonces. Ella dirigía el proyecto (...) Conocía por su nombre al linotipista, le llevaban a su casa pruebas, y recuerdo una anécdota: Moliner va introduciendo en su diccionario temas gramaticales. Es lo que lo hace tan personal y ambicioso, pero a la vez es excederse, no necesitas ese tratado. Pero ella lo regala, porque es desmesurada. Entonces había un linotipista, al que le agradece luego en el diccionario su trabajo, que llegó un momento que estaba desbordado de tantas correcciones, añadidos y clarificaciones y hubo una crisis en la imprenta. "Yo es que voy a ponerle a doña María una nota para decirle que no haga más cambios porque nos va a volver locos y humanamente esto no puede ser". Uno más veterano le dijo, "tú verás, pero escribirle una nota a doña María yo no lo haría, porque además, con lo que te quiere, se va a llevar un disgusto". No la llegó a enviar.

¿La salvó el carácter?

Sí, era muy expeditiva. A pesar de que tenía una formación superior, en sus cartas se ve que no escribía para la posteridad, va al grano, quiere hacer cosas.


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