martes, 9 de febrero de 2010

James Salter y otras maneras de quemar los sueños y los días


Me hablaron a principios de año de James Salter y quien lo hizo fue lo bastante convincente para que quisiera leer ya La última noche.
No lo he hecho aún porque no es lo mismo la realidad y el deseo y en nuestras vidas hay muchas vidas y muchos libros. En literatura siempre hay algún autor o libro que descubrir a pesar de saber que nunca se leerá todo lo deseable ni mucho menos lo que suscita curiosidad. Hoy tengo en mis manos Quemar los días , la obra del mismo autor que circula ahora por nuestras librerías y siento emoción.
Es difícil mitificar alcien por cien a determinados autores, aunque es cierto que en cada edad surgen afinidades electivas. Cada persona es un mundo y no a todos nos llega un libro o un autor en el mismo orden. Valorarmos de pronto la narración total que apenas deja respirar al lector porque en otro tiempo quizás nos gustó Henry James;o nos atrae el intimismo de Clarice Lispector o Katherine Mansfield porque no hace mucho nos saturamos de Cormac Mccarthy... O al revés.

Cada edad, no hay duda, nos hace encarar el entorno de una forma distinta. La imagen que tenemos de nosotros mismos, o de ese relato sobre nosotros que podríamos hacer también experimenta cambios. Juventud e idealismo parecen ir juntos, al ser una etapa unida a una concepción eminentemente moral de la existencia. En esos años el filtro moral lo sopesa todo: el fracaso se ve como una humillación y una pérdida íntima, el mal se enjuicia desde postulados casi religiosos y el dolor adquiere a veces tintes heroicos. Sufrir una injusticia o una ruptura, o ser acusado falsamente de algo nos acarrea ante todo un sufrimiento moral. En la madurez, ese mal o esa injusticia no son entelequias morales: existe ya una experiencia, la vida tiene ya la perspectiva de acumular pérdidas y ganancias y además del coste emocional, sufrimos el coste real, el que tiene rostro y consecuencias: quien sufre una injusticia en el trabajo, o es víctima de algún atropello económico sabe que eso tiene una dimensión tangible y material. Quien se ve abocado a un pleito no buscado o tiene que responder de algo de lo que no es responsable, no sólo se detiene a pensar en el daño moral sino en ese préstamo bancario que debe pedir para no dejar sus hijos en la estacada o para defenderse ante la justicia. Por supuesto los principios siguen ahí y la dimensión moral permanece (si existió alguna vez) pero ya no basta con llorar o sentirse ofendido. Se necesita resistir.
LA VIDA, COMO LA LITERATURA QUE NOS INTERESA, CADA VEZ SE HACE MÁS COMPLEJA.

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