martes, 8 de julio de 2008

Morla pone fin a la Guerra Civil

Al fin acabé el libro de Carlos Morla, España sufre. Es curioso cómo describe los meses finales de la derrota republicana y la paulatina rendición de la Junta de Casado ante los golpistas y finalmente vencedores. Las notas de su diario relativas al mes de marzo de 1939 deslizan al lector hacia la pendiente de la rendición o, dicho otro modo, de la paz. La neutralidad de Morla cae paulatinamente en estos días en los que él, como la mayoría de los madrileños sitiados y hambrientos, se resignan a la entrada de un Franco que traerá si no la paz, sí el final de la lucha fratricida. No obstante, y a pesar de que el libro deja cierto sabor agridulce, pues no cuenta lo que vendrá después, es decir, la arrogancia y represión de los vencedores, es interesante su punto de vista sobre la negociación Casado-Burgos para entregar Madrid. Y aunque Morla es favorable a este final, en parte porque ya no podía haber otro, anticipa y registra algunas de las señales que el futuro dictador va desgranando a pesar de las proclamas de que nada tenían que temer los que no hubieran matado: la ley de Responsabilidades políticas anunciaba que todos los que no hubieran secundado a los golpistas podrían ser acusados de auxilio a la rebelión. La negativa de Franco a pactar una paz honrosa para sus enemigos demuestra también su falta de piedad y la confirmación de que la debilidad de los republicanos ya no les permitía exigir nada, sólo retirarse para que no hubiera más muertos. Demasiados muertos había ya...
Se comprende así que los republicanos más comprometidos, entre ellos los comunistas, vieran en el pacto de Casado una traición. Ahora bien, ¿qué habría pasado de no pactarse la entrega de Madrid? Que los resistentes hubieran perdido igualmente la guerra, y también más vidas. Y que Franco no hubiera tenido reparos en tirar todas las bombas del mundo sobre Madrid hasta reducirlo a cenizas.